antonio lealPor Antonio Leal.- Hay pocos precedentes de que una alianza que gobierna un país y que ha ganado en votos a la derecha en las últimas elecciones municipales decida suicidarse como lo ha hecho la Nueva Mayoría.Las responsabilidades son múltiples y hay que asumirlas para poder reconstruir la centroizquierda e impedir que un “gobierno de los negocios” vuelva a dirigir el país.

Por decenios, el Partido Socialista ha sido el más importante partido político de Chile. Más que por su votación, de un 11%, y por sus liderazgos, tan relevantes como Lagos y Bachelet,  por su rol central en la conformación y preservación de una alianza con la Democracia Cristiana que permitió enfrentar unidos a la dictadura y derrotarla e iniciar un proceso democratización de las instituciones y del país, reponer la libertad republicana, los derechos humanos y realizar una amplia obra de construcción de una sociedad con mayor equidad y positivos estándares de desarrollo.

En la renovación del Partido Socialista, que le permitió agregar orgánicamente a otras fuerzas de la izquierda, pesó el hecho de que la derrota del gobierno de Salvador Allende había sido en primer lugar política, de amplitud de la alianza para realizar cambios profundos.

No repetir la división del país en tres tercios fue una lección histórica que impregnó dicha renovación que significó revisar, también, la valoración de la universalidad de la democracia como sistema y de los derechos humanos en cualquier lugar del mundo y frente a gobiernos de diverso signo. Revivir la idea del fundador del socialismo Eugenio González que planteó aquella máxima de que este partido nunca cambiaría la igualdad por la libertad ya que ambos principios estaban indisolublemente asociados.

A dicha renovación de gran envergadura para las izquierdas de Chile y del mundo, Ricardo Lagos como muchos dirigentes de las diversas vertientes del socialismo chileno entregaron una contribución ideológica y política significativa.

En estos años el Partido Socialista preservó, como lo principal, la relación con la Democracia Cristiana, que es, recordémoslo, el partido con más votos y más parlamentarios de la Nueva Mayoría, y fue garante de esta alianza lo que le permitió, además, tener tres presidencias con liderazgos socialistas.

Por ello, resultó incomprensible para muchos que la mayoría del Comité Central del socialismo desechara la candidatura de Ricardo Lagos, el segundo Presidente de la República socialista en la historia del país, rompiera la posibilidad de construir un eje progresista con el PPD, eludiera el defender, con Lagos, las realizaciones de los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría que el propio socialismo ha encabezado, debilitara su propia identidad histórica, y apoyara una candidatura externa, como la de Alejandro Guillier, sin programa - Osvaldo Andrade dijo “ahora hay que dotarla de contenidos”- apoyado solamente en las encuestas, en el deseo de algunos parlamentarios de “arroparse” con el candidato presidencial adelantado en los sondeos, ahora que con un nuevo sistema proporcional las elecciones se hacen más competitivas, y seguramente con un temor de penetración en su electorado por parte del Frente Amplio. También una buena cuota de impericia política en la forma y en los tiempos en que se tomaron las decisiones.

Lo que no tuvo suficientemente en cuenta la nueva dirección socialista encabezada por Elizalde es que con ello inviabilizaba las primarias ya que la obligada bajada de la candidatura de Lagos, creaba un nuevo contexto de aislamiento de la DC y abría un debate que ha terminado con dos candidatos en primera vuelta y la ruptura de la Nueva Mayoría como pacto político.

Era Lagos, apoyado por el PS y por el PPD, el que creaba las condiciones para una primaria competitiva con Guillier y Goic. Podía ganar o perder Lagos, pero el debate de ideas y recorrer el país dialogando con la ciudadanía, le daba a la primaria de la Nueva Mayoría una importante centralidad y legitimaba al candidato o candidata que emergiera de esa contienda.

De paso se le ha hecho un daño al propio Guillier porque el apoyo logrado en el socialismo es aún discutido por muchos, el respaldo PPD será una decisión obligada, se ha profundizado la lejanía política y emotiva con la Democracia Cristiana, ha quedado mucha gente herida en el camino y es un candidato con apoyos formales pero carentes de entusiasmo, sin convencimiento, porque a él mismo se le conoce como un periodista y figura televisiva destacada, como un hombre progresista y transparente, pero no como un líder político que dé garantías de capacidad para gobernar el país y nada se sabe, hasta ahora, de una propuesta programática que identifique su candidatura.

En estas condiciones, la decisión de la Democracia Cristiana de ir a primera vuelta con Carolina Goic era un resultado anunciado y no hay duda que ello provoca el ocaso de la Nueva Mayoría y riesgos infinitos respecto del futuro de la centroizquierda cuando aún queda casi un año del gobierno de Michelle Bachelet y frente al cual y al país hay una responsabilidad y un deber político-ético de apoyo de todos los partidos hasta el último día de su gestión.

Sin embargo, pese a lo complejo del escenario que se avecina, es perfectamente posible reconstruir el pacto de centroizquierda con dos candidatos en primera vuelta, con un certero compromiso de apoyo mutuo en segunda vuelta, con lineamientos programáticos comunes y con dos listas parlamentarias.

Para ello se requiere deponer las recriminaciones, eliminar los gestos de arrogancia, las amenazas y tener presente que la izquierda socialdemócrata y el centro cristiano se necesitan y son indispensables para construir mayorías que nos permitan ganar las elecciones presidenciales, el parlamento, e impedir que triunfe una derecha que quiere retrotraer los avances e instalar un liberalismo económico extremo, y llevar adelante un programa realista y participativo de cambios en los temas que exige la población como prioritarios y en garantizar un clima que permita el crecimiento económico, empleos de calidad y mejor remunerados, previsión digna, mayores libertades y resguardo de los derechos de los chilenos.

manoscogidasmilitantespsoe2Por Equipo Editorial.- La decisión del Partido Socialista de apoyar la candidatura de Alejandro Guillier marca un hito en el desarrollo de la política en Chile, y probablemente un punto de inflexión. Lo que muchos han vituperado y calificado como “traición” al ex Presidente Ricardo Lagos, debe ser desglosado y digerido con calma.

Lo que los socialistas hicieron, lo hicieron en el ejercicio de la democracia. Fue un voto secreto. ¿Habría sido distinta la decisión ante la posibilidad de hacerlo a viva voz?  Si la respuesta fuera afirmativa, es que son distintas las lealtades cuando se hacen en el ejercicio libre de la propia conciencia en vez de con la coacción o la vigilancia de otros. ¿No es preferible el ejercicio de la libertad y el libre albedrío en una democracia?

Desde ese punto de vista, es un hito. Se trata de una decisión democrática, tras una votación libre y secreta, no un fruto de convenciones ni de delegados. Es el mismo principio por el cual se valoran las elecciones (generales y primarias), porque se eliminan las paredes al interior de las cuales se gestiona (o se cocina) la política.

Pero también es un punto de inflexión porque se rompen varios lazos que se daban en denominar “históricos”, como el que protagonizaban el PS y el PPD. Era un lazo originado, de hecho, en la presencia de Lagos mismo, siendo el ex Presidente un puente que conectaba ambos espíritus ligados teóricamente al socialismo: uno, histórico; y otro, aparentemente más socialdemócrata y pragmático. Las reacciones a la decisión del PS revelan que detrás de ese lazo había un mito, sustentado en la idea de que solo se podía ser socialista a través de la vertiente “histórica” o de la vertiente “pragmática”, olvidando que la corriente radical también es socialista, y que, de hecho, fue la primera en Chile en integrar la Internacional Socialista.

El punto de inflexión marcado por la decisión del PS dice relación con el fin de esas míticas parcelas presentes en la política, el fin de las lealtades entendidas sobre supuestos obligatorios derivados de una militancia o de un símbolo. La decisión del PS obliga a una nueva mirada, unitaria, libre de mitos y dogmas, que fortalezca un rol de los partidos orientado a apoyar a la ciudadanía para constituir proyectos históricos, sin amarres, basada en un profundo convencimiento desde su conciencia, no desde su militancia. Los partidos políticos no son cofradías, logias ni redes de apoyo mutuo. Ya no. Son comunidades de debate y construcción de proyectos.

Lo que ahora viene es la construcción de una Nueva Ciudadanía, libre, que participe en las urnas, en la calle, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en sus comunidades y en conciencia. Esa Nueva Ciudadanía será mayoría.